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Fe, ciencia y el error de fideísmo

 Michael W. Tkacz

 

Durante el cálido y tórrido verano de 1248, una pequeña banda de frailes dominicos se encaminó hacia Colonia por la vieja vía romana que iba bordeando el Rhin. El líder de la banda era el Hno. Alberto, a quien sus superiores le habían encomendado establecer una escuela de teología en Colonia de la cual sería el primer profesor. A raíz de ello, Alberto renunció a su cargo de profesor de teología en la Universidad de París y partió para Alemania, llevándose un grupo de jóvenes dominicos que serían sus primeros estudiantes de teología en el nuevo seminario. Entre ellos estaba un joven de veintitrés años llamado Tomás, proveniente del pueblo de Aquino en Italia, quien pronto emergería como uno de los académicos más brillantes del grupo.

La designación en Colonia fue una gran oportunidad para Alberto porque le dio la oportunidad de diseñar una carrera de teología desde cero. Los documentos que sobrevivieron de sus cursos dictados durante esos primeros años demuestran que él aprovechó al máximo la oportunidad[1]. Estos también revelan algo bastante interesante sobre las actitudes hacia la relación entre la fe y la ciencia. Por ejemplo, en un periodo durante la década de 1250, Alberto dictó tres cursos. Uno era una serie de cursos sobre la sagradas Escrituras. Otro curso estaba basado en la Ética Nicomedia de Aristóteles, un tratado sobre la virtud. El tercer curso estaba dedicado al estudio de la Historia de los Animales de Aristóteles, un tratado de zoología que contiene descripciones morfológicas detalladas de más de 500 especies de animales. Ahora bien, es obvio que Alberto habría dado clases sobre las Escrituras como parte de una carrera de teología y, mientras el estudio de la ética y las virtudes no es exactamente lo mismo que teología, su inclusión en la currícula tiene sentido. Sin embargo ¿por qué jóvenes estudiando para ser sacerdotes necesitarían entrenamiento en ciencias naturales como zoología?  ¿No parece sorprendente que se considerara ese entrenamiento necesario para una carrera religiosa? De hecho, nuestra sorpresa sólo puede aumentar si nos enteramos que Alberto no simplemente incluyó una introducción general a la zoología del libro de Aristóteles, sino que involucró a los estudiantes en sus propias investigaciones originales. Porque aunque Alberto era de profesión teólogo, fue también uno de los científicos más exitosos de su época, investigando y haciendo experimentos en los campos de la zoología, botánica, mineralogía, y otras ciencias. Él ponía a trabajar en grupo a sus estudiantes, preservando y estudiando muestras de plantas y animales, e incluso replicando algunos de los experimentos originales de Aristóteles.

Nuestra sorpresa puede provenir de suponer que el interés de Alberto en ciencias naturales era meramente un hobby y que él aprovechó su designación en Colonia para llevar adelante sus intereses personales. O quizás podamos sentirnos tentados a  suponer que éste es un ejemplo de una costumbre estrictamente medieval, basada en nociones obsoletas de la ciencia y la religión. Sin embargo, ¿por qué tendríamos que suponer eso? ¿Por qué nos parece sorprendente que la teología y la ciencia estén integradas en una única currícula y consideradas igualmente relevantes para el trabajo de un sacerdote? ¿Por qué deberíamos considerar extraño o inusual que pareciera ser que algunas personas hayan considerado la vida de fe indistinguible de la vida de razón?

La razón de nuestra sorpresa, me gustaría sugerir, es que la mayoría de nosotros somos fideístas; es decir, generalmente vemos a la fe y la ciencia como pertenecientes a categorías separadas dentro de la experiencia humana y el conocimiento humano. Por supuesto que hay diferencias entre nosotros respecto a cuán separadas están y en qué aspecto, pero, generalmente, esta es la manera en que muchos de nosotros tendemos a considerar estas cuestiones. La ciencia es racional, pública y verificable, mientras que la fe religiosa es esencialmente no racional, privada e inverificable. Ahora bien, decir que la fe es “no racional” no es lo mismo que decir que nosotros nunca hacemos uso de métodos racionales al articular nuestra fe o que nunca razonamos sobre los contenidos de las enseñanzas religiosas. Más bien quiere decir que, en última instancia, la creencia religiosa no puede ser establecida racionalmente ¾ las declaraciones de la fe no se pueden demostrar. Esto contrasta con la ciencia donde no se acepta ninguna creencia sin fundamentos racionales. Para el fideísta las demostraciones pertenecen a la esfera de la ciencia, mientras que las creencias pertenecen a la esfera de la religión.

No cabe duda de que este fideísmo ya forma parte de nuestra cultura americana. Basta pensar cuántas veces hemos escuchado o leído sentencias como estas: “La ciencia se basa en hechos y la religión es sólo una cuestión de opinión personal,” o “No debemos imponer nuestra perspectiva religiosa a los demás” (nadie diría nunca esto sobre la ciencia), o “No podemos demostrar que nuestras opiniones religiosas son mejores que las opiniones religiosas de cualquier otra persona” (de nuevo, nunca nadie diría que no se puede demostrar que nuestras opiniones científicas son  mejores que las de otros). Estas actitudes fideístas juegan un papel importante en nuestra vida pública, ya que muchas personas sostienen que la religión no tiene lugar en la política pública, mientras que usualmente se acepta que el conocimiento científico es muy importante en los debates sobre políticas.

A muchos americanos actuales, entonces, les sorprendería de sobremanera la actitud hacia la fe y la ciencia que subyace en el programa de Alberto de teología en Colonia.  Como mínimo éste sugiere que el fideísmo podría no ser la única posibilidad. Quizás al separar la fe de la ciencia perdemos algo importante ¾ algo que Alberto estaba tratando de asegurar que no se pierda.  Quizás el fideísmo no le hace justicia a nuestras creencias religiosas y a nuestra vida de fe. Hay buenas razones para pensar que de hecho el fideísmo falla en esto. Basta con una breve investigación sobre la separación moderna entre religión y ciencia para demostrar que perdemos elementos importantes de nuestra fe religiosa cuando se adopta una perspectiva fideísta.

 

La fe de un fideísta

Una de las articulaciones contemporáneas más conocidas del fideísmo es la del biólogo de Harvard Stephen Jay Gould en su propuesta NOMA[2]. Esta propuesta sostiene que la manera adecuada de entender la fe religiosa y la razón científica es como Magisterios no Superpuestos (NOMA: Nonoverlapping Magisteria). Un “magisterio”, se entiende, es una autoridad docente, y lo que Gould tiene en mente es que ambas, la religión y la ciencia, representen dos autoridades docentes o fuentes de conocimiento distintas. Que cada una ejerza legítima autoridad en su propio campo, pero sólo dentro de ese campo. La religión, por medio de sus fuentes tradicionales, su ministerio y sus instituciones eclesiásticas, es la autoridad apropiada en cuestiones religiosas. La ciencia, por medio de sus fuentes empíricas, los expertos que la practican, y sus instituciones de investigación, es la autoridad apropiada para asuntos científicos. Y como todos los asuntos efectivamente se clasifican en estas dos categorías, la autoridad religiosa y la autoridad científica son realmente distintas y por ende las dos no deben confundirse.

De acuerdo a Gould, lo que llamamos “ciencia” trata con hechos: lo que existe, de dónde vienen las cosas existentes, cómo operan. El conocimiento de tales hechos es conocimiento objetivo abierto a verificación racional y refutación. Lo que llamamos “religión” concierne a los valores: no lo que es o no es un hecho, sino nuestras actitudes y juicios sobre los hechos. Los valores son personales y, aunque podemos razonar sobre ellos, en última instancia no están abiertos a la verificación y refutación racional de la manera en que lo están los hechos. El científico es la autoridad propia para el conocimiento de la constitución empírica del universo. La tradición religiosa es la autoridad propia para los valores éticos y el significado spiritual de la realidad. Como los dominios de lo factual y lo evaluativo no se solapan, el magisterio científico no se superpone con el religioso.

Es importante puntualizar que Gould no dice que la religión es mala o irrelevante. Como la mayoría de la gente hoy en día, él piensa que la religión juega un papel crucial en la vida humana. De acuerdo a Gould, alcanzar la sabiduría en la vida requiere una atención extensiva a ambos dominios, la ciencia y la religión. Nuestras vidas no están completas si estuvieran dirigidas solamente a lo factual, ya que también necesitamos cultivar las ideas espirituales y éticas que nos indican el valor de los hechos y cómo vivir bien. Lo que debe evitarse es la intrusión de un dominio dentro del otro, porque esto trae como resultado el conflicto entre ciencia y religión, y puede ser causa de confusión. Esto, opina Gould, es lo que ha ocurrido, por ejemplo, en el debate entre creación versus evolución. En realidad, no hay conflicto entre ciencia y religión, porque no hay superposición entre sus respectivos dominios. La pericia de los científicos es relevante para cuestiones sobre el ámbito factual de las teorías científicas. El entrenamiento religioso no es relevante para tales cuestiones científicas y debe confinarse al pronunciamiento sobre el sentido espiritual de lo que la ciencia descubre. De esa manera, sólo los científicos pueden juzgar si la evolución, por ejemplo, es o no es un hecho. Los problemas aparecen cuando los que no son científicos traspasan la frontera entre ciencia y religión e intentan ejercer su magisterio dentro del dominio científico. No es pertinente que la religión les diga a los científicos qué cosa es o no es un hecho y, así como no es pertinente que la ciencia establezca qué cosa es o no es espiritualmente significativa. Si la separación estricta entre fe y ciencia se respetara, entonces nos daríamos cuenta que no hay conflicto entre ambas, ya que las enseñanzas de cada una ocupan dominios claramente diferenciados.

 

Creer porque es absurdo

Hoy en día la mayoría de la gente está al tanto del rechazo hacia la religión por parte de los materialistas, los cuales sostienen que el mundo físico es lo único que existe. (Lo que aquí llamo “materialismo”, usando el término filosófico tradicional, algunos llamarían hoy “naturalismo” o “cientismo”.) Los materialistas rechazan la religión porque la consideran una falsa ciencia ¾ la religión es obsoleta, engañosa, el opio del pueblo, o cosas parecidas. El fideísta, por otro lado, intenta preservar el valor de la religión relegándola a su propia esfera de aplicación. Por ello, los fideístas sostienen que ellos reconcilian la ciencia y la religión. Esto es verdad en el sentido de que no puede haber conflicto real entre ellas, entendiendo esto último como dar respuestas conflictivas a una misma pregunta. No pueden estar en conflicto porque tratan sobre cosas diferentes: la ciencia trata sobre lo que existe mientras que la religión trata sobre nuestras actitudes hacia lo que existe; la ciencia versa sobre lo que es verdad o falso respecto en el universo mientras que la religión versa sobre el valor que le damos al universo; la ciencia se ocupa del mundo material mientras que la religión se ocupa del mundo espiritual. Al levantar un muro entre fe religiosa y ciencia racional, el fideísta pretende permitir al científico hacer su ciencia y también tener su religión ¾ sin ningún temor a enfrentar preguntas dificultosas de incompatibilidad. Lo que es más, el fideísta puede también decir que logra evitar el materialismo y el rechazo a la religión.

Por supuesto que las personas religiosas que son teístas ¾ gente que cree en la existencia del Dios-Creador trascendente de la tradición judeocristiana e islamita ¾ no aceptan el materialismo. Ciertamente, para ellos el materialismo es la antítesis de la religión teísta, ya que sostener que el mundo material es lo único que existe es claramente incompatible con la creencia de que el mundo material ha sido creado por un ser perfecto inmaterial que está separado de su creación como una causa está separada de su efecto. Sin embargo, en este rechazo al error del materialismo, algunos teístas caen en el error mucho más sutil del fideísmo, creyendo que éste protege sus creencias religiosas de las críticas de los materialistas. Esto representa una concesión fatal por parte de los teístas. Incluso suponiendo que  el fideísmo provee una respuesta al materialismo, ésta tiene un costo. El precio que paga el fideísta es nada menos que los contenidos de su fe religiosa.  Independientemente de que la persona religiosa se dé cuenta de ello, el tipo de separación entre fe y razón que pretende el fideísta requiere el abandono de verdades esenciales de la fe. Pero el costo del fideísmo no se detiene ahí, ya que involucra el estado de la fe religiosa como un bien humano. Al confinar la fe y la razón a dominios completamente diferentes, el fideísta le saca todo valor último a la religión en sí misma.

Parte de lo que hace atractivo al fideísmo para las personas religiosas es la dignidad única que parece otorgarle a la fe religiosa. De hecho, los fideístas a menudo intentan justificar su posición apelando a una concepción de la fe aparentemente noble. “El fideísmo debe ser correcto”, dice el fideísta, “ya que de otro modo la religión es rebajada al ser reducida a la razón”. En otras palabras, la fe y la ciencia deben estar separadas ya que de no ser así la fe pierde su mérito y valor distintivo. Lo que el fideísta está sugiriendo aquí es que hay algo noble en creer una proposición cuando uno no tiene razones que la respalden ¾ como creer en un milagro que “desafía la razón”. Esto parece ser un acto meritorio y valiente. Pero ¿es así? ¿Creer que algo es verdad, cuando todo lo que uno sabe indica lo contrario, es una virtud? ¿Es noble creer que una proposición es verdad porque, como el antiguo escritor cristiano Tertuliano dice, la proposición es absurda? Muchas personas encuentran tentadora esta posición.

Ahora bien, si esto se presenta como un intento de defensa del fideísmo, lamentablemente hace agua, porque es contradictorio. Creer que algo ocurrió, incluso basándose en pruebas o razones insuficientes, es una creencia en un hecho. Por lo tanto, de acuerdo a la posición del fideísta, tal creencia pertenece al ámbito de la ciencia, no de la fe. Por supuesto, la insuficiencia de razones para sostener la creencia significaría que es mala ciencia, pero de todos modos sigue perteneciendo al dominio de lo factual ¾ es un asunto científico, no religioso; de razón, no de fe. Entonces, cualquiera que sostenga que la fe debe ser la consideración valiente y tenaz de creencias desafiando toda razón no puede ser fideísta.

Aparte de esta defensa del fideísmo hay otro problema con la noción de que la fe es un asunto de creencia contra toda evidencia. Si eso constituye fe, entonces la fe es equivalente a una enfermedad mental, no a una virtud. ¿Eso es lo que verdaderamente nos pide Dios? Si así fuera el teísta cristiano estaría siendo exhortado al engaño por pasajes de la escritura tales como: “Ustedes creen porque han visto; benditos sean aquellos que no han visto y creen” y “Hombres de poca fe” y “Esta generación perversa pide un signo …” ¿Es el significado de esos pasajes que la vida humana es mejor cuando está basada en el engaño y el absurdo? Esto suena a una noción muy obsoleta de la religión. Se podría en cambio sugerir que esos pasajes no exhortan tanto a creer a pesar de la carencia de buenas razones, sino más bien indican que ya tenemos buenas razones para esas creencias y no deberíamos pretender más. Quizás lo que verdaderamente hace noble a nuestra fe religiosa es que nos exhorta a aceptar lo que nosotros ya sabemos que es verdad, a pesar del costo personal que eso implica. De cualquier modo, ciertamente parece auto-contradictorio pretender preservar el valor de la fe religiosa sosteniendo que su nobleza está de alguna manera comprometida si no se la separa estrictamente de la ciencia. Sostener de esta manera que la persona religiosa es un poco menos racional es una pobre defensa de la religión. Si esto es lo que significa la fe, no es extraño que los materialistas la rechacen.

Ahora bien, el fideísta usualmente tratará de eludir esta conclusión limitando la religión a un tipo particular de conocimiento: moral, digamos, más que factual. Esencialmente, esto es lo que el profesor Gould hace en su demarcación estricta entre religión y ciencia. La ciencia entonces trata sobre hechos y su verificación, mientras que la religión trata sobre valores y su predicación. De esta manera la fe religiosa no es tanto un asunto de creer que algo es verdad contra toda indicación racional, sino de atribuir valor a algo. Atribuir valor a algo, juzgar si es bueno o malo, es ciertamente un acto importante, necesario e incluso noble. Valorar algo no sería exactamente contrario a la razón, aunque carecería de fundamentos últimos racionales. Por supuesto que el creyente religioso podría usar la razón para juzgar. El creyente podría apelar a las leyes de la lógica o proveer razones para la valoración. Sin embargo, en última instancia el juicio debe sostenerse por sí mismo sin una última justificación racional. No es que el juicio sea irracional; más bien sería no-racional en el sentido de que la razón jugaría un papel incidental en su producción. Por lo tanto, de acuerdo al fideísta, fe no es lo mismo que razón, pero tampoco es irracional. Su nobleza distintiva proviene de la importancia que le damos al acto de evaluación.

Hay dos problemas con esta pretensión de limitar de esta manera la religión a la evaluación. Un problema es que en la práctica no distinguimos así la razón de las evaluaciones. Nosotros no siempre consideramos nuestras valoraciones como meros asuntos de preferencias. Si así lo hiciéramos, entonces sí sería verdad que la razón sólo juega un papel incidental en el fundamento de nuestros juicios de valor. Si, por ejemplo, digo que me gusta el pescado, puedo dar razones (me gusta su sabor, o su valor nutritivo, etc.), pero esas razones no establecen la bondad del pescado en sí mismo y para toda persona, sino sólo en relación a mis necesidades y deseos. Sin embargo, generalmente sí ofrecemos razones cuando se trata de valoraciones que no son incidentales, que se refieren a cómo son u operan las cosas. Tales razones no son, por ende, meramente relativas al que las da, sino que conciernen a la cosa que se evalúa en sí misma. El argumento más persuasivo de la inmoralidad de la discriminación racial en los contratos de trabajo se refiere al hecho de que la raza de un candidato es irrelevante para cualquier habilidad u otra calificación requerida para el empleo. La discriminación racial en el empleo es mala independientemente de la raza en cuestión, o la identidad o deseos del candidato o del empleador. Por ello, inclusive si limitáramos la religión a los actos de juicio de valor, no es para nada claro que la religión no tenga nada que ver con los hechos. El otro problema con la limitación de la fe a la esfera de la valoración es que la religión, especialmente la religión teísta, sostiene declaraciones factuales. Los teístas sostienen que el universo es creado por Dios, que Dios es uno, que Dios es la fuente de todo bien, y muchas otras afirmaciones como éstas. Éstas son afirmaciones factuales ¾ son afirmaciones sobre lo que existe y por qué. De nuevo, la separación de la fe y la ciencia en el sentido de separación entre valores y hechos no le hace justicia a lo que los creyentes efectivamente creen. Si bien ciertos valores y respuestas emocionales pueden participar en la creencia religiosa, la fe no puede reducirse a esos valores y respuestas.

Volvamos entonces a la noción bastante peculiar de que la creencia religiosa consiste en creer algo cuando no hay buenas razones para hacerlo. Si la religión no puede ser reducida a la valoración, dejando lo factual para la ciencia, entonces la diferencia entre religión y ciencia es la diferencia entre ser absurdo y ser racional. Es muy difícil de vislumbrar qué tienen de noble y bueno ser absurdo y, consecuentemente, es muy difícil entender por qué la religión es recomendable. En el intento por salvar la religión de los materialistas, el fideísta reduce entonces la religión a algo que ningún ser humano razonable aspiraría. De hecho, parecería que es el fideísta el que rebaja a la religión, presentándola como el refugio de aquellos que se rehúsan a ser racionales.

 

Experiencia y Autoridad

La atracción que ejerce el fideísmo en muchos reside en su aparente razonabilidad ¾ su cuidadoso balance entre lo que sostiene la ciencia y lo que sostiene la religión. Por un lado, la mayoría de la gente acepta que la investigación científica ha sido enormemente exitosa en sus contribuciones al entendimiento del universo. Por otro lado, la mayoría de la gente tiene un fuerte sentido de que debe haber lugar en nuestra cultura científica para lo moral y lo espiritual. En vista de la primera de estas impresiones, la gente no quiere rechazar la ciencia o siquiera parecer que rechaza la ciencia. En vista de la segunda impresión, el materialismo aparece como demasiado radical en su rechazo de la religión. En consecuencia, la solución fideísta parece la más confortable con su propuesta de compromiso entre los aparentes extremos de rechazo de la ciencia en favor de la religión ¾ lo cual suena demasiado anti-intelectual ¾ y el rechazo de la religión en favor de la ciencia ¾ lo cual suena demasiado mercenario. Podemos quedarnos con ambas, de acuerdo con el fideísta, sin cambiar a ninguna de ellas, a condición de que evitemos invadir el territorio del otro.

Sin embargo, como ya se ha argumentado, tal compromiso no hace justicia a la religión teísta. Aquellos que creemos seriamente en un Dios teísta sostenemos principios factuales sobre el universo de la misma manera que la ciencia lo hace. La religión no puede ser reducida a la evaluación subjetiva o a la respuesta emocional. Si, a partir de esto, todavía tratáramos de mantener el fideísmo, nos enfrentaríamos con el siguiente dilema: o admitimos que la religión es una suerte de creencia irracional y creer de esta manera es noble y bueno, o abandonamos la religión de una vez por todas, abrazamos la razón, y nos hacemos materialistas.

Algunos fideístas tratan de escapar a este dilema refugiándose en la epistemología. Hay una manera de interpretar la religión y la ciencia como estrictamente separadas, argumenta el fideísta, que no reduce la religión a la creencia en lo absurdo.  Basta considerar los diferentes fundamentos de las creencias religiosas y científicas. Después de todo, las creencias religiosas se basan en la autoridad mientras que las creencias científicas se basan en evidencias empíricas. Cuando uno quiera conocer las enseñanzas de la religión consulta las Sagradas Escrituras, o la tradición, o a los líderes eclesiásticos. Esto es bastante diferente de las enseñanzas de la ciencia, las cuales están basadas, no en la autoridad, sino en la experiencia sensible. La autoridad de la fe es la revelación divina, mientras que en ciencia no se acepta nada que no sea empíricamente verificable. La dicotomía entre conocer en base a la autoridad y conocer en base a la experiencia es la que constituye, y justifica, la separación fideísta entre fe y ciencia.

El problema es que ésta es una falsa dicotomía. Todo conocimiento humano comienza con la experiencia sensible. Esto es tan verdadero para el conocimiento religioso como lo es para el científico. Después de todo, ¿cómo se nos revela Dios mismo a nosotros? Tiene que ser a través de nuestra experiencia. ¿Qué otra cosa hay? Moisés ve un arbusto ardiente que no se consume y oye una voz. Los profetas ven las obras del Señor y los apóstoles ven los actos de Cristo. Toda la revelación divina es empírica, porque toda la revelación divina depende de la experiencia sensible de una u otra manera. Donde la experiencia sensible directa no está disponible al creyente, lo que se revela se conoce a través de las palabras de alguien más. Yo no estuve presente en el jardín con María Magdalena cuando ella se percató que no estaba hablando con el jardinero sino con el Señor mismo. Sin embargo  yo acepto como una fuente confiable ¾ las palabras del evangelista transmitidas a través de la tradición auténtica ¾ que el evento en el jardín ocurrió. Por eso es que puedo compartir con María la creencia de la resurrección de Cristo. Nuestro conocimiento científico es ciertamente empírico en el mismo sentido: o bien está basado en la experiencia sensible inmediata o en fuentes confiables de lo que han experimentado. Yo no he observado directamente la atenuación de los virus de cólera como Pasteur hizo cuando lo descubrió, pero lo sé basado en su autoridad habiendo leído su artículo. De hecho, la mayoría de nuestro conocimiento científico está basado en la autoridad más que en la experiencia directa. Si así no lo fuera, habría poco o ningún progreso científico, porque cada persona tendría que empezar desde cero cada vez.

La supuesta dicotomía entre ciencia y religión se disuelve cuando uno se percata que ambas son empíricas en el mismo sentido y que ambas dependen de la autoridad cuando el acceso a la experiencia inmediata no es posible. El fideísta puede tratar de defender la dicotomía concediendo que la mayoría de nuestro conocimiento científico efectivamente está basado en la autoridad, pero con la salvedad de que la autoridad científica es esencialmente diferente de la religiosa. La diferencia estaría en la posibilidad de que el individuo que tiene una creencia científica en base a la autoridad puede recrear la experiencia directa original y así dejar de depender de la autoridad. Ese no es el caso con la creencia religiosa, sostiene el fideísta, y esto marca la diferencia entre religión y ciencia. ¿Es verdad que la autoridad religiosa y la científica difieren de esa manera? ¿Es verdad que uno puede siempre reducir el conocimiento científico basado en la autoridad a un conocimiento basado en la experiencia directa, mientras que esto nunca puede ocurrir en la religión? Es cierto que yo nunca he encontrado a Cristo caminando por el jardín después de haberlo visto morir un breve tiempo antes, pero si hubiera estado presente entonces, ¿no habría visto lo que María vio? ¿En qué se diferencia esto de decir que si yo hiciera el experimento por mí mismo (bajo las mismas condiciones) habría tenido la misma evidencia empírica directa que mi fuente tuvo? Es difícil ver exactamente cuál es la supuesta diferencia entre los dos casos. Por otro lado, es totalmente falso que nuestro conocimiento científico sea “empírico” en el sentido de que siempre puedo reemplazar la autoridad de un testimonio con la experiencia sensible inmediata. Considérese, por ejemplo, las afirmaciones científicas relativas a un hecho histórico, como la observación de un eclipse solar o la erupción de un volcán. Si yo no presencié estos eventos de primera mano, no puedo volver atrás ahora y hacerlo. Cualquier conocimiento científico derivado de hechos únicos como estos dependerá del testimonio de otros que fueron testigos.

El punto aquí es que ambas, la fe y la ciencia, están basadas en la evidencia empírica. No existe otra clase de evidencia. Cuando uno mismo carece de evidencia empírica directa, se puede todavía conocer en base a la autoridad confiable en ambas, religión y ciencia. No hay más distinción entre fe y razón, partiendo de la dicotomía entre autoridad y experiencia, que la que hay partiendo de la dicotomía entre lo racional y lo no racional. Es tan irracional dudar de mi evidencia empírica de que un arbusto en llamas no se consume cuando no tengo buenas razones para hacerlo (mi vista está bien, las condiciones para la observación son buenas, etc.) como lo es dudar de mi evidencia empírica de los resultados de un experimento (cuando mis sentidos están bien, las condiciones para la observación son buenas, etc.) Es tan irracional dudar de la narración de la Escritura del llamado a Abraham o la transfiguración de Cristo cuando no tengo ninguna razón específica para dudar, como lo es dudar de los reportes escritos de Pasteur sobre la atenuación del virus del cólera o los experimentos del plano inclinado de Galileo cuando no tengo ninguna buena razón para pensar que el autor me está engañando. Las condiciones para las afirmaciones o negaciones científicas y religiosas son las mismas. Ambas están abiertas a la misma crítica. Ambas son posiblemente confiables o no por las mismas razones.

Otro tipo de argumento epistemológico que esgrimen a menudo los fideístas para defender su tesis de separación estricta está basado en la dicotomía entre lo observable y lo no observable. Este argumento no es generalmente usado por los científicos (por razones que más adelante serán obvias) sino por los no científicos. De acuerdo a este argumento, el objeto de la creencia religiosa es lo no observable, mientras que el objeto de la creencia científica es lo observable. Cualquiera que conozca siquiera un poco de física moderna sabe que la segunda parte de esta afirmación simplemente no es verdad. La ciencia hace referencia a muchas entidades no observables. Usualmente éstas se denominan entidades teóricas e incluyen partículas elementales, campos de fuerza, y otras entidades. Conocemos científicamente estas entidades a través de sus efectos más que a través de la observación directa. No se puede observar directamente un electrón, pero se puede saber de su existencia mediante la medición de la unidad de variación de carga eléctrica en algunas substancias, como una gota de aceite diminuta. La ciencia hace afirmaciones sobre lo que no es observable no menos que la religión. Es más, ambas, ciencia y religión, obtienen conocimiento de lo no observable de la misma manera: a través de los efectos. Ejemplos bien conocidos de tales razonamientos en teología son las varias formas del argumento cosmológico de la existencia de Dios, todas las cuales parten de alguna característica observable o científicamente cognoscible del mundo material considerada como efecto.

Por ello, el fideísmo de nuevo no hace justicia a la fe. La pretensión de distinguir epistemológicamente la fe de la ciencia termina dejando fuera de la religión elementos importantes de la experiencia humana. Nada es tan crucial para la vida humana como las experiencias sensibles que dan origen a nuestras creencias. Incluso aquellas creencias que no provienen directamente de la experiencia sensible, como las creencias matemáticas, dependen de ésta en que para aprender matemática hacemos uso de nuestros sentidos. Si la religión es tan importante para la vida humana como sostiene el fideísta, no puede ser separada de la ciencia mediante argumentos epistemológicos.

 

Razón fidedigna

El único camino para evitar estas dificultades es abandonar del fideísmo y percatarse que la fe y la ciencia buscan lo mismo: la verdad. Porque ambas apuntan ¾ de hecho fueron creadas para apuntar ¾ a lo mismo, no pueden en sí mismas estar en conflicto o llevar a diferentes conclusiones sobre la realidad. Pueden, por supuesto, estar en conflicto aparente, debido a errores humanos o malentendidos. Después de todo, los seres humanos somos falibles: podemos y de hecho hemos cometido errores en la ciencia de manera que lo que parece ser conocimiento establecido no lo es; podemos entender mal o haber entendido mal el contenido de la revelación divina de tal manera que lo que parece ser doctrina establecida no lo es. Esto también significa que la fe y la ciencia no pueden ser esencialmente diferentes en ninguno de los sentidos que afirma el fideísta. El conocimiento religioso es tan racional como el conocimiento científico; ambos parten de nuestra experiencia sensible y la incorporan; ambos dependen de la autoridad donde es necesario; ambos están dirigidos al conocimiento de lo observable y lo no observable.

Si uno abandona el fideísmo debe admitir que la fe y la razón constituyen la misma cosa. Podemos, por supuesto, distinguirlas conceptualmente para ayudar a la discusión filosófica, pero en la experiencia de la vida humana ellas están unificadas. Lo que constituye la razón, tanto en la forma de juicios correctos en la vida diaria como las conclusiones científicas rigurosamente correctas, no es algo diferente de la fe. Cuando vivimos una vida verdaderamente religiosa somos fieles a las verdades sobre el universo y el lugar que ocupamos en él, lo cual es objeto de nuestro conocimiento científico. Vivir siendo fieles a la verdad es razonable y vivir razonablemente es ser fiel a la verdad.

Quizás es esto lo que Alberto de Colonia temía que se perdiera si tratáramos a la religión y a la ciencia como actividades humanas estrictamente independientes: la comprensión de que la ignorancia de la verdad sobre la creación no puede ayudar a ser fiel a la creación de Dios, y que no se puede ser completamente racional sobre la creación sin tener fe en el Creador. La cuestión no es, por supuesto, que podemos acceder al conocimiento de, digamos, el movimiento del sistema planetario o de los organismos vivos, sin las ciencias de la astronomía o la biología. Alberto ciertamente pensaba que para conocer la verdad sobre el mundo físico se debe hacer ciencia física. Lo cual no significa que el conocimiento humano, ya sea sobre el Creador o sobre la creación, sea siempre perfecto. Alberto se daba cuenta de que el conocimiento completo de la naturaleza trascendente de Dios está más allá del poder humano y que, no importa cuánto aprendamos sobre el cosmos a través de nuestra investigación científica, siempre habrá más para aprender. Más bien lo que pasa es que la fe y la razón, la religión y la ciencia, juntas constituyen el bien humano, proveyendo un entendimiento coherente y cabal de la realidad. No es sorprendente que Alberto quisiera que los seminaristas que estudiaban para sacerdotes entendieran y vivieran esto.

Al estudiante más brillante de Alberto, a quien hoy conocemos como Santo Tomás de Aquino, le gustaba citar al escritor árabe cristiano Juan de Damasco sobre lo que las escrituras significan cuando llaman a los seres humanos “la imagen de Dios”. Juan explica que eso no puede significar que nos parecemos a Dios, ya que Dios no tiene cuerpo y no se parece a nada. Esto sólo puede significar que nosotros compartimos con Dios una naturaleza similar que no es una naturaleza corporal ni una facultad de una naturaleza corporal. La facultad humana que mejor se ajusta a esta descripción es el intelecto, la habilidad humana de alcanzar el entendimiento científico de la realidad[3]. Para los seres humanos hay solamente una manera de conocer, y esa es ejerciendo esta capacidad semejante a Dios para hacer ciencia. El fideísmo no hace justicia a la religión porque la distorsiona y trunca la fe, poniéndola en disputa con la ciencia por conseguir nuestra última lealtad. Más que relegar la fe al último reducto de la vida humana, deberíamos entender que ser fiel a vivir racionalmente y de acuerdo a la verdad es lo mismo que ser racional en nuestra fidelidad a la verdad[4].

 


[1]Sobre la designación de Alberto en Colonia, ver James A. Weisheipl, O.P., “Albert the Great and Medieval Culture”,  The Thomist 44 (1980): 481–501. La evidencia del contenido de la currícula de Alberto en Colonia se deduce de una serie de apuntes o transcripciones resumidas de los cursos de Alberto compilados  por sus estudiantes y publicados más tarde en formato de cuestiones disputadas sobre varios tópicos. Para referencias ver el catálogo de trabajos de Alberto en “Albertus Magnus and the Sciences: Commemorative Essays”, 1980, ed.

James A. Weisheipl, O.P. (Toronto: Pontifical Institute for Mediaeval Studies, 1980), 561–77, esp. 572 (11) and 575 (16a).

[2] Stephen Jay Gould, “Nonoverlapping Magisteria” Natural History 106 (March, 1997) 16–24; también ver su trabajo “Rock of Ages: Science and Religion in the Fullness of Life”, Ballantine Books, New York, 1999.

 

[3] Ver, por ejemplo, el prólogo de S. Tomás a la primera parte de la segunda parte de la Suma Teológica. El tratamiento de S. Juan de Damasco se encuentra en De Fide Ortodoxa, ed. E.M. Buyaert (S. Bonaventura, N.Y, Franciscan Institute Pub., 1955), II,12. S. Tomás discute la relación entre fe y razón en muchas partes de su trabajo. Una de esas discusiones puede encontrarse en los primeros capítulos del libro I de la Suma contra los Gentiles.

 

[4] Quisiera agradecer a Steven E. Baldner, Jeffrey Burton Russell y Alyssa Pitstick por sus útiles comentarios de una versión previa de este artículo.

 

One comment

  • En el artículo he encontrado “Otro curso estaba basado en la Ética Nicomedia de Aristóteles”, tal vez se trata de una errata y lo correcto sea “Ética nicomáquea”

    Si es así, favor corregir y obviar este comentario

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  • marcelbarbozaRT @lobaoeletrico: Acabo de saber que o Roda Viva ,através de Mário Sérgio Conti ,bloqueia definitivamente a minha participação no programa… about 1410 days ago
  • marcelbarboza@JornalOGlobo o mais correto seria dizer: não ligamos pra valores, pra família, pra Religião... E a julgar pelo silêncio, ninguém mais liga. about 1410 days ago
  • marcelbarbozaRT @DaniloGentili: O que dá o cruzamento de um ateu com um Testemunha de Jeová? Alguém que bate na sua porta sem motivo algum. about 1410 days ago
  • marcelbarbozaRT @marchidaniel: LOBÃO [ @lobaoeletrico ] lançará seu livro em Brasília no dia 13/05 às 19h00, na FNAC do ParkShopping. Imperdível! http:/… about 1414 days ago
  • marcelbarbozaCaridade nunca é demais. http://t.co/J4aXoWfWDi about 1415 days ago
  • marcelbarbozaEste é meu primeiro "twit" (sei lá como se escreve isso). Em breve, novidades. about 1419 days ago